Bienvenidos a la página Web del escritor Félix J. Palma, cuentista y novelista, no necesariamente en ese orden. Aquí podrán encontrar información completa y actualizada sobre el autor y su obra. Si desean una aproximación más cercana, pueden visitar su blog, donde el autor habla de todo lo que se le ocurre, desde su concepción de la literatura hasta sus series favoritas.
Os he mentido. Durante todo este tiempo no he hecho otra cosa que mentiros vilmente. Mi novela El mapa del tiempo no trata de viajes en el tiempo. Trata de mundos paralelos, que ejercen en mí una fascinación aún mayor que los viajes temporales. Mundos paralelos, sí, esos casi plagios del nuestro que surgen cada vez que tomamos una decisión, cada vez que escogemos un camino y rechazamos el resto, ramificando así el universo, enmarañándolo o enriqueciéndolo, pero en cualquier caso rebañando todas y cada una de sus posibilidades.
Los viajes en el tiempo han fascinado al hombre desde siempre, especialmente a los científicos, que no cesan de debatir sobre las posibilidades de que puedan llevarse a cabo, y a los hacedores de ficciones, por supuesto, a cuya imaginación ofrece unas alas incuestionables. Se dice que el primer relato que trató el asunto fue El reloj que marchaba hacia atrás, de Edward Page Mitchell, escrito en 1881. En nuestro país, apenas unos años después, el dramaturgo español Enrique Gaspar publicó El anacronópete, la primera novela de la que se tiene noticia en la que aparece una máquina del tiempo, aunque sólo permite viajar al pasado. Se trata de un libro delicioso por la ingenuidad que hoy nos despierta, ya que el anacronópete, una enorme caja de hierro fundido, solo necesita volar alrededor de la Tierra en sentido contrario a su rotación para retroceder en el tiempo. Y como no podía ser de otro modo, el funcionamiento de la máquina se nos explica con todo lujo de detalles durante dos arduos pero entrañables capítulos, según la moda impuesta por Verne. Si a alguno le interesa esta obra, escrita en formato de zarzuela, puede encontrarla en Minotauro, exquisitamente editada.
A pesar de que, como ya he dicho, fue el primer autor en concebir el viaje en el tiempo mediante un artefacto mecánico -hasta el momento se habían realizado usando la magia, la hibernación, las drogas o la hipnosis-, nadie menciona a Gaspar como precursor de los viajes temporales, sino a H. G. Wells, quien con su novela La máquina del tiempo le arrebató toda la gloria. No es extraño, ya que Wells fue mucho más hábil a la hora de hilvanar una explicación científica verosímil, que mezcló, además, con una especulación filosófica acerca del futuro. Con el correr de los años, los escritores de ciencia ficciónhan ideado todo tipo de formas de viajar en el tiempo, ya fuera con cachivaches similares a la máquina de Wells, algunos con el añadido del desplazamiento espacial, como los spider volantes que conducen los patrulleros de Guardianes del tiempo, la novela de Poul Anderson, o mediante otros métodos, como los portales temporales creados por algún fenómeno natural o artificial de esos capaces de causar una fisura en el continuo espacio-tiempo, o incluso, si me apuran, por el despertar de una marmota, como sucede en la deliciosa Atrapado en el tiempo.
Pero más interesante que el cacharro en el que se realiza el viaje, es su por qué. Y hay un motivo por cada escritor de ficciones, aunque el que se lleva la palma es el de querer salvar el mundo, deshaciendo algún horrible futuro mediante la eliminación del hecho del pasado que lo desencadenó, que es a lo que últimamente se dedica Peter Petrelli en Heroes. Pero los propósitos pueden no ser tan nobles, y nunca falta quien pretende alterar el pasado con espurios fines personales, por lo que incluso debe crearse una policía del tiempo, como sucede en la entretenida Timecop, de Jean-Claude van Damme. También pueden organizarse viajes de estudio, naturalmente, aunque habría que vender muchas camisetas para viajar al jurásico y presenciar las carreritas de los velociraptores. O realizarse con fines turísticos, como ha hecho un servidor en El mapa del tiempo.
Pero, ¿puede cambiarse el pasado, ya sea deliberadamente o pisando sin querer la ubicua mariposa que provocará la onda de cambio capaz de remodelar el presente, bautizada en algunas ficciones como "cronoseismo"? Los estudiosos y creadores se dividen en dos bandos a la hora de responder esta cuestión. Los aburridos dicen que no, que el tiempo posee un blindaje que lo mantine inalterable, una especie de autoconciencia que vela por su cohesión, lo que evitaría que se produjesen paradojas como la conocida paradoja de la abuela: ¿qué pasaría si viajo al pasado y le vuelo la cabeza a mi abuela antes de que la pobre tenga descendencia? Evidentemente yo no llegaría a nacer, por tanto, ¿cómo podría viajar en el tiempo para cargármela? Eso viene a ser una variante de lo que le sucede a Marty McFly en Regreso al futuro. No mata a su madre antes de que tenga descendencia, pero sí logra por error que se enamore de él, en vez de hacerlo de su futuro padre, por lo que el resultado es el mismo: él no nacería. Aunque en la peli Michael J. Fox no desaparece al instante, sino que dispone de tiempo extra para intentar reparar el entuerto. Pero estábamos hablando de mí, el asesino de abuelas. Si eso ocurriera, si yo viajara al pasado para eliminarla en un universo que resultara inalterable, la pistola me estallaría en las manos, o fallaría el tiro y mataría al oso que iba a devorarla, convirtiendo mi viaje en algo necesario, pues lleva incorporado el cambio mismo. Al querer matar a mi abuela, evitaría su muerte, mira por dónde.
La otra teoría es mucho más atractiva, en mi opinión. Afirma que el pasado no está protegido, que puede cambiarse a nuestro antojo. ¿Qué pasaría entonces si viajara en el tiempo con el propósito de matar a mi abuela? Pues que no llegaría a mi universo, sino a un universo paralelo, idéntico al mío, salvo por un detalle: la presencia de un viajero del tiempo. Así, el universo se escindiría en dos líneas temporales: en una, mi abuelo ha sido vilmente asesinado; en la otra sigue vivo, y yo provengo de dicha línea temporal aunque ahora esté en otra.
Reconozco que la teoría de los mundos múltiples me chifla. Me imagino que cada vez que me enfrento a una situación donde existen dos o más elecciones posibles, mi decisión ramifica el universo, que por defecto se hace eco de todas las opciones posibles, y de algún modo me sucede todo lo que puede sucederme. Así es el multiverso: el superviviente de una tragedia aérea falleció en una realidad paralela, el equipo vencedor perdió en el universo vecino, el beso que no dimos a Elsa Pataky lo disfrutamos en el mundo que hay más allá de nuestros sentidos. Así que siempre ganamos y perdemos, somos felices y desgraciados, viajamos en metro y tomamos el autobús también. Lo importante es estar en el universo menos jodido. Yo, al menos, me alegro de estar en el universo en el que mi novela ganó el Ateneo de Sevilla, y no en el universo vecino, en el que, dado que todo es posible, lo ganó Sofía Mazagatos con una novela en la que imitaba a su idolatrado Mario Vargas Llosa.
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