Bienvenidos a la página Web del escritor Félix J. Palma, cuentista y novelista, no necesariamente en ese orden. Aquí podrán encontrar información completa y actualizada sobre el autor y su obra. Si desean una aproximación más cercana, pueden visitar su blog, donde el autor habla de todo lo que se le ocurre, desde su concepción de la literatura hasta sus series favoritas.
La felicidad de leer
Luis Manuel Ruiz
Para los sibaritas de la literatura, el nombre de Félix J. Palma significa cuatro libros de cuentos contra los que nada puede la amnesia y que, igual que la vajilla de porcelana de mamá, parecen hechos para las ocasiones más señaladas: aquellas en que la lectura es una fiesta y no una fastidiosa imposición de la moda o el acervo cultural. En esos centones que son El vigilante de la salamandra, Métodos de supervivencia o Las interioridades se encuentran, en cómodos plazos, todos los figurantes, las obsesiones, los paisajes y las cuitas que suelen nutrir su escritura. Las trampas del destino, los azares que insinúan una caligrafía por debajo de sus garabatos enloquecidos, el atisbo de un mundo secreto que asoma a medias por los armarios entreabiertos o el fondo de los espejos, la ciencia ficción entendida no como un catálogo de manidos lugares comunes sino como dinamita para remover los compartimentos estancos de espacio, tiempo y causalidad, el amor, sobre todo el amor, traducido en angustia y también en redención, son los temas que Palma ha explotado durante años en piezas diminutas, talladas con detallismo de orfebre, que sólo muy de cuando en cuando se decidía a dar a la prensa. Hace un par de años, después de su exigente aprendizaje en las distancias cortas, el autor sanluqueño se decidió a probar con la carrera de fondo; y el resultado fue Las corrientes oceánicas, una novela que, lejos de constituir el estiramiento gratuito de una anécdota o la amplificación hasta la elefantiasis de un argumento de cuatro folios, defecto común en los cuentistas que deciden meterse en camisa de once varas, supuso una nueva vuelta de tuerca en su carrera. Para escribir novelas no es necesaria únicamente la brillantez de la página, ni la imagen que chispea; se precisan paciencia, tesón, capacidad de arrastre, eso que Jules Renard llamaba la virtud de los bueyes y que Palma demuestra de nuevo dominar a la perfección en las seiscientas páginas de su último producto, El mapa del tiempo.
Nos encontramos ante uno de esos honrosos artesanos que, por fortuna, no consideran que el arte de resultar agradable al lector deba estar reñido con un estilo de calidad, con una psicología que no se limite a las dos dimensiones del papel y la caricatura. Devoto confeso de la literatura popular, Palma reconoce sin rubor que sus historias pretenden entusiasmar y cortar el resuello antes que servir de manual a tesis doctorales, lo cual no supone un pretexto para mirar el mundo desde la superficie; justo al contrario, lo es para extraer de él todo el jugo de diversión y misterio que la rutina suele soslayar. Corresponde al jurado del Premio Ateneo de Sevilla el mérito de haber distinguido una obra como El mapa del tiempo, que no se presta a mojigatos sobreentendidos y que viola alegremente muchos de los prejuicios arraigados en los suplementos culturales: una obra que orilla a la vez la novela de aventuras, de anticipación científica, de tesis, histórica, romántica y de caracteres, y que rebasa todas esas etiquetas para ofrecer un cóctel cuya misión primordial, conseguida con creces, consiste en magnetizar a quien la recorre y resucitar la felicidad de leer. No en vano sus capítulos se encuentran salpicados de continuos homenajes a esas primeras historias que nos deslumbraron siendo adolescentes y que todavía remueven aires de gratitud y nostalgia en nuestra memoria: como en un museo de los veranos antiguos, Palma ha llamado a figurar en su creación a Jack el Destripador, Allan Quatermain, Bram Stoker, el Hombre Elefante, sosias de Sherlock Holmes y del doctor Mabuse que nos pasean del Londres victoriano al África profunda en una celebración perpetua de la sorpresa y el vértigo. La excusa, según anuncia el título, es la posibilidad de los viajes en el tiempo, sobre la que ya fantasearon los grandes visionarios del siglo XIX, y la multitud de paradojas, atajos y callejones sin salida a que podrían conducir, algunos de ellos cómicos, otros inquietantes y otros que desaguan en la más pura perplejidad metafísica.
Como buen discípulo de Stevenson, el autor no incurre en la simpleza de confundir el paseo agradable con el terreno sin baches, sin socavones que revelen de golpe la profundidad de lo que yace debajo. Articulada en torno a tres centros argumentales que podrían multiplicarse hasta el infinito igual que los universos paralelos de la física cuántica, la novela recibe su ilación del personaje de H. G. Wells, el responsable de la primera ficción sobre viajes en el tiempo, al que Palma erige, en calidad de símbolo, como protagonista de la trama. Ese recurso le permitirá desarrollar uno de los aspectos menos obvio y a la vez más revelador de su relato: la introspección en la mente del escritor, el cúmulo de sinsabores, dudas, anhelos y destellos que puebla el trabajo del creador y a través del cual va alumbrando, en un trance ingrato en ocasiones, aquello que el público sólo conocerá en su forma cristalizada y definitiva, sin muescas que delaten la labor que quedó atrás. Como desde una mirilla, asistimos a los tira y afloja del novelista británico entre su resignada condición de dispensador de folletines y sus aspiraciones por convertirse en gloria de las letras, y seguimos con pasitos de hormiga los diferentes itinerarios que, en su imaginación, acabarán por desembocar en narraciones imprescindibles del acervo de la ciencia ficción como El hombre invisible y La guerra de los mundos. El único reproche que cabe hacer al autor sanluqueño, por paradójico que resulte frente a un volumen que a duras penas cabría en una caja de zapatos, es no haberse demorado todavía más en sus historias; da la impresión de que dentro de su chistera este argumento ramificado daba para docenas de intrigas más, donde aparte de los citados habrían cabido también, por qué no, el Capitán Nemo, los fantasmas góticos o el mismísimo doctor Jekyll. Pero eso ya quedó en La liga de los hombres extraordinarios, que, con todos los respetos para Alan Moore, es un cuento distinto.
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Cuando alguien te pide,
Cuando alguien te pide, después de haber escrito un volumen tamaño orondo libro que no coge en caja de zapatos, que sigas contando, que necesita cien páginas más para ser más feliz aún, supongo que a uno se le pone cara de ag, qué felicidad. Enhorabuena, el lunes tengo tu ejemplar y espero que me haga muy feliz también. un beso, majo. Patro.
Caramba, que crítica mas
Caramba, que crítica mas interesante.
A ver que digo yo despues de esto.
Bueno, que sepas que vas a Hélice de cabeza, y a Scifiworld, claro está
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